Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Lunes 1 de mayo de 2017
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
Eduardo Bianchi
Banfield - Argentina
Un poco de sol, me vendría bien.
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Septiembre 2011
Los cadáveres.
"Como una tormenta" Soneto.
Publique su taller

Últimos comentarios de este Blog

24/09/11 | 13:32: Miriana dice:
Hola Eduardo, muy bello tus versos, pero no es un soneto, para que sea un soneto debes respetar algunas normas, por ejemplos: tener cuidado con la métrica, todos los versos deben tener las mismas cantidad de sílabas, además tener mucho cuidado con los acentos internos, siempre debe llevar acento los endecasílabos propio en la sexta y decima sílaba. Escribes muy bonito y con un poco de práctica te saldrán excelentes sonetos. Besitos.(Blog Amanecer)
23/09/11 | 18:04: Elena A. Navarro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Genial cuento!!! terrible pero exelentemente logrado Saludos
21/09/11 | 18:03: stellamaris(detrasdelespejo) dice:
Hola y BIENVENIDO, me encanto tu relato, mantenes muy bien el clima de suspenso hasta el final, parece que a los dos nos gusta el aroma del jazmín al atardecer; un saludito
Vínculos
Versos con Historias Versos con Historias


Versos con Historias continúa y concluye el ciclo del "nosismo" iniciado por la autora en su anterio... Ampliar

Comprar$ 40.00
Entrá a Radio La Quebrada

Provisorio


Me es casi imposible, detallar una descripción precisa.Por lo menos por el momento. Sepan disculpar.


Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

Los cadáveres.



 

Los Cadáveres.

 

El Sol caía con fuerza sobre los techos, reverberando en el agua junto al cordón, con un reflejo que hería los ojos.

El inmenso chalet parecía inmune al calor que ahogaba la tarde, aunque no había casi un lugar que no estuviera bañado por, al menos, un rayo de sol.

La construcción se encontraba en un lindo barrio de casas bajas y puertas pintadas, con veredas limpias, y muchos árboles. Aunque no estaba en su mejor momento, denotaba cierta fineza, cierto buen gusto, que aunque se perdía en el color oxidado de la gigantesca reja y en las tejas que faltaban en el techo, estaba presente.

El calor se hacía sentir, era pesado y húmedo, casi como cuando se acerca una tormenta, aunque no se veía ni una nube en el cielo, que parecía esmaltado. La única casa de la cuadra que no tenía árboles, que en esos días parecían el único refugio para el calor conservando esa sombra fresca y olorosa, que no he vuelto a sentir en ninguna otra parte, era por supuesto el chalet que se alzaba orgullosamente hacia la mitad de cuadra, como queriendo dominar a las demás casas, que, por contraste, parecían atemorizadas ante la presencia del gigante de tejas y rejas oxidadas pero orgullosas.

Sentado en el porche, pensando en los secretos, en la muerte, y en ella claro, estaba yo.

 No esperaba interrumpir mi meditación, y estaba dispuesto a no dejar que nada me desconcentrase  de mis pensamientos, que como furiosos pájaros, revoloteaban en mi mente.

Sabía que él me necesitaba, por eso me había dicho esa tarde, al despedirse:

 “Cuando vuelvas, trae la ropa de trabajo.”

Por eso estaba ahí, pero una vez que llegué, me repugnaba la idea de ayudarlo. No era contra el, no. Es un muy buen amigo mío, y siempre estaré dispuesto a respaldar las decisiones que tome, o a disuadirlo de tomar las menos ventajosas.

Pero esta vez, era demasiado. Había intentado convencerlo, esgrimiendo a veces el enojo, la tristeza, o la súplica. Nada había hecho cambiar su decisión ni un milímetro de lo que había establecido.

Por eso estaba ahí, y aunque había en cierto modo aceptado lo que el tuviera que encargarme, ya que me había vestido como para ensuciarme (como si la ropa tuviera algo que ver), no quería llevar a cabo tan repugnante trabajo.

Un portazo dado con energía, como un pistoletazo, me sacudió de mi ensimismamiento. En el segundo (o menos) en lo que tardé en darme vuelta, sentí, como si fuera el último de los furiosos pájaros que me esforzaba en callar, un pensamiento , hijo de la sensación de calor que abrasaba mi cuello.

El estaba ahí parado en la puerta, desnudo de la cintura para arriba, con el cuerpo y los hombros enrojecidos por el calor, y la cara brillante de sudor. No tenía un gesto horrorizado, ni siquiera asustado, sólo parecía cansado. Colgando de sus manos, estaba el primer cadáver.

Tuve que desviar la mirada, pues el calor y el sol, amenazaban con dejarme sin energías, para mi  ahora obviamente desagradable trabajo.

“Ahí tenés una bolsa, andá poniéndolos ahí, que voy adentro a buscarla a ella.

Mi respiración se cortó. ¿Ella?

No era “mi” ella, pero igualmente la confusión se adueñó de mis pensamientos.

¿Es que realmente pensaba hacerlo? ¿En nada habían influido mis súplicas, mis llamadas a la razón, mi cariño expresado en una sobreprotección?

Recuperando la respiración, me dispuse a llevar a cabo el trabajo, por más que me desagradara.

Empecé quebrando sus brazos, y sentía (lo reconozco) una cruel satisfacción cuando crujían bajo mis poderosas manos.

El no se quedó a verlo. La verdad no sé, porque casi morbosamente, centré mi atención en el cadáver que tenía entre las manos, para terminar rápidamente.

Con los brazos quebrados, fue mucho más fácil acomodarlo en la bolsa, no me gusta alardear, pero tengo mucha fuerza, y cuando algo se me interpone y hay que usarla, no lo dudo.

Con el primer cadáver en la bolsa, me sentí un poco mejor. Me incorporé y tomando aire, me pasé la mano por la cara, tratando de secar el sudor. El sol seguía cayendo a plomo, como queriendo acusar con su fuerza lo que estábamos haciendo, y entendí de pronto porque las civilizaciones antiguas lo adoraban tan a menudo. “Realmente llega a todas partes, y no podemos esconderle nada, como si fuera un dios”.

Me asusté un poco, al sentir que todo alrededor seguía igual. Nadie parecía extrañarse de lo que hacíamos, aunque la pareja de ancianos que tomaba mate justo enfrente, refugiados en la espesa sombra de un tilo, parecieron susurrar entre ellos cuando el primer cadáver, con ruido sordo, quedó acomodado en el fondo de la bolsa. Casi deseé que nos detuvieran, que nos acusaran, que  gritaran lo que yo no podía. Pero quiero mucho a mi amigo, y como ya dije, lo respaldo totalmente.

Apareció de nuevo, aún mas enrojecido y sudado, y arrastrando esta vez, la inconfundible forma de ella.

Casi con desprecio, sin mirarla, la arrojó a mis pies. En ese momento me sentí desfallecer, y por suerte creo que mi expresión lo asustó, o lo conmovió, porque sin decir nada, se arrodilló junto al cadáver y empezó a destrozarlo metódicamente, sin saña, sin placer, pero  irremediablemente. Me recuperé y lo ayudé. Mientras lo hacíamos, no podía dejar de pensar en la imagen de los dos, el quemado por el sol, transpirando y yo, casi con respeto, quebrando el cuerpo de ella, reduciéndolo. Las manchas ya nos llegaban al cuello, y con el calor se hacía insoportable. Esta vez, entre los dos, fue mucho más fácil acomodarla en la bolsa, y lo hicimos rápidamente.

Me pareció escuchar que los viejitos decían algo, pero el sonido quedó ahogado por el propio ruido nuestra respiración.

Levantando la bolsa entre los dos, fue fácil llevarla hacia la calle, para abandonarla ahí, esperando que alguien se la llevara.

El se fue adentro, y yo me quedé en el porche. Los viejitos se habían ido, el sol aun calentaba con fuerza, pero ya no me herían sus rayos. Siempre pensando en ella, me acerqué a la bolsa.

“Quizás nunca se las de” pensé mientras abría la bolsa y revolvía en su asqueroso interior. Pero no importaba, si no se las daba a ella, quedarían como recuerdo,  como su recuerdo en una repisa, o en un libro, o en un aroma, olvidadas por todos, menos por mí. Y es que no pude deshacerme de ella tan fácil. Porque el olor de las flores de  jazmín en  las noches de verano, me encanta.

                                                                                                                                                      Eduardo Bianchi.

 


Calificación:  Malo Regular Bueno Muy bueno Muy bueno - 3 votos  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
23/09/11 | 18:04: Elena A. Navarro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Genial cuento!!! terrible pero exelentemente logrado Saludos
neivarro@gmail.com
 
21/09/11 | 18:03: stellamaris(detrasdelespejo) dice:
Hola y BIENVENIDO, me encanto tu relato, mantenes muy bien el clima de suspenso hasta el final, parece que a los dos nos gusta el aroma del jazmín al atardecer; un saludito
rojas.stellamaris@yahoo.com.ar
 
21/09/11 | 17:04: Malena(mails que jamás serán leídos ) dice:
Aplauso , medalla y beso !!! Me encantó ! Excelente relato , bien desarrollado conservando el misterio hasta el final . Te leo y espero en mi blog MALE .-
malena271@hotmail.com
 
Últimas entradas del mes


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Ventas | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Foros | TiendaFundación | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2017- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS